Opinión · Desde el margen

La rueda de prensa de Delcy Rodríguez: un circo montado sobre el dolor de Venezuela

La «presidenta encargada» respondió con calma a la prensa internacional el jueves 2 de julio de 2026. Pero esa serenidad es la puesta en escena: detrás quedan años de abuso, un terremoto con respuesta tardía y un pueblo al que, una vez más, se le pide esperar.

Delcy Rodríguez, al centro, durante la rueda de prensa internacional del 2 de julio de 2026, flanqueada por Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello, con la bandera y el mapa de Venezuela al fondo
Delcy Rodríguez encabeza la «Rueda de Prensa Internacional» del 2 de julio de 2026, junto a Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello. Fuente: captura de la transmisión oficial (VTV)

Empecemos por el término que lo enmarca todo: «presidenta encargada». ¿Encargada de qué y hasta cuándo? Si existiera voluntad política, ya habría fecha de elecciones. No la hay. Esa palabra no es un tecnicismo: es el permiso para estirar el poder sin vencimiento.

Una puesta en escena, no una apertura

La rueda de prensa fue, ante todo, un montaje. No es que el régimen nunca haya hablado con la prensa —con Hugo Chávez hubo varias comparecencias—, pero esta llega en otro momento: después de hechos que lo cambian todo, como la detención de Maduro, y con el mundo observando. El pretexto fueron los damnificados del terremoto; el objetivo, la imagen.

Conviene decirlo sin rodeos: Delcy salió ganando. Habló con calma, respondió sin perder el control y proyectó normalidad. Ese es, precisamente, el problema.

Micrófonos apagados, no debate real

A primera vista parecía una tribuna abierta: medios internacionales, preguntas en vivo, respuestas serenas. Pero quienes cubrieron el acto cuentan otra cosa. Según varios periodistas presentes, el problema no fue que nadie supiera rebatir las respuestas del gobierno: lo que impidió el contrapunto fue que, cuando intentaban insistir o contraargumentar, les apagaron el micrófono.

Así se construye la imagen de normalidad. Delcy respondía con calma; el guion avanzaba; y cualquier réplica quedaba fuera de escena, literalmente silenciada. No fue un debate: fue un monólogo con decorado de pluralidad.

Las preguntas iniciales tampoco fueron las más duras que el momento pedía —elecciones, represión, ayuda humanitaria, presencia militar—, y eso ya favoreció al oficialismo. Pero lo decisivo, según quienes estuvieron allí, fue el corte del audio cuando la conversación dejaba de convenir al gobierno. Frente a evasivas y datos contestables, la réplica existía; lo que no existió fue el permiso técnico para expresarla. Y esa coreografía —blanco, amor, paz— cerró el momento en que había que decir las cosas como son.

Lavar la imagen con el dolor ajeno

El sentido real de esta rueda de prensa fue uno solo: limpiar la imagen aprovechando el dolor del terremoto. Pero ese dolor no nació con el sismo. Lleva años acumulándose bajo un gobierno que considero terrorista y que arrancó con Hugo Chávez. Por eso, más que una apertura, esto fue un nuevo golpe para un pueblo que sufre desde hace demasiado tiempo.

El terremoto: el Estado llegó tarde; el pueblo, primero

Lo ocurrido con el terremoto es trágico, y más aún la lentitud de la respuesta oficial. El Estado esperó la orden para movilizar militares y recursos mientras el reloj corría. Hubo personas más de 24, 48 y 72 horas bajo los escombros, y aun después de días seguían apareciendo sobrevivientes. Muchos habían creído que, con Maduro preso, se abría una oportunidad de cambio. La realidad fue otra.

Mientras este gobierno siga en pie —bajo la forma que sea— seguirá costando vidas venezolanas. Un Estado que no reacciona ante cuerpos atrapados, muchos muertos por asfixia por falta de manos y de maquinaria, es un Estado que ha dejado de ver a su gente.

Seamos justos: ningún gobierno del mundo está del todo preparado para una catástrofe de esta magnitud. Pero la diferencia la marcó la gente. Los pobres, los de a pie, fueron quienes más rescataron, curaron, alimentaron y donaron. Una respuesta humana extraordinaria que el pueblo venezolano no va a olvidar.

No dejar que el dolor se convierta en pantalla

Lo inaceptable sería permitir que el momento más doloroso sirva para blindar al gobierno. Venezuela necesita un nuevo comienzo y decisiones tomadas por un gobierno propio: que acierte o se equivoque, pero que sea legítimamente suyo. Sin terror, sin manipulación, sin figuras impuestas desde afuera. El pueblo necesita un cambio real.

María Corina todavía no es ese cambio

Con respeto, no creo que María Corina Machado sea, hoy por hoy, ese cambio. No se puede decir «no me dejan entrar a Venezuela» y a la vez afirmar que se está junto al pueblo. Para ayudar, lo primero es estar; entrar, aunque sea en silencio, igual que se salió.

Si sabía que al irse difícilmente podría regresar, entonces no debió irse. El liderazgo que promete cambio se queda a luchar, pase lo que pase. Porque quien promete, cumple. Por eso creo, con respeto, que aún no ha demostrado estar a la altura de la presidencia.

Si de verdad quiere volver, que vuelva como sea, por cualquier frontera, no en un vuelo comercial anunciándose como la próxima presidenta con respaldo de Estados Unidos. La realidad es que ese respaldo se ha diluido, incluso entre los venezolanos que resisten dentro. Si hay que actuar, se actúa en silencio y se da la sorpresa: entrar, burlar la vigilancia y luchar junto al pueblo por elecciones libres y urgentes que abran paso a un gobierno legítimo, sin manipulaciones, enfocado en su gente y sus recursos.

La libertad no se espera: se toma

El tiempo apremia. Venezuela no puede resignarse a esperar mientras el pueblo se agota y se debilita cada día. Cuando quienes gobiernan son los mismos que han provocado años de dolor y explotación, el problema no se resuelve solo.

Es como un cáncer: cuando el médico lo ve avanzar, no negocia, lo extirpa, aunque la recuperación duela. Frente a gobiernos manipuladores y hábiles hay que ser directo, sin formalismos: ir al fondo, sin fronteras, y erradicar lo que deba erradicarse si de verdad se busca el cambio.

Por eso no creo que esta rueda de prensa haya tenido valor real para el pueblo. Muchos vieron un gesto de apertura —«ahora hasta responden a medios extranjeros»—, pero el fondo es otro: calcular cómo prolongar el poder el mayor tiempo posible. Si nada cambia, el régimen seguirá, cada vez más astuto: concederá algo de acceso, tendrá incluso menos problemas y repetirá que solo «cumple órdenes», que la culpa nunca es suya. Un descaro.

Y esto no es solo Venezuela

En el mundo, la libertad retrocede. Esa libertad que creemos tener —hoy amplificada por internet, donde opinamos de todo— quizá sea una libertad conducida, diseñada para que confundamos la idea que nos venden con la que de verdad nos liberaría.

En tiempos de crisis no se puede dormir: hay que actuar, justo cuando el poder nos cree débiles. Cada pueblo termina teniendo el destino que tolera. Esperar que otros vengan a regalarnos la libertad no es libertad: es comodidad e hipocresía. La libertad, cuando se quiere de verdad, se toma, con todas las consecuencias.

Ojalá pronto el pueblo de Venezuela tome las riendas y construya un gobierno propio, sin manipulaciones ni intereses ajenos. Un gobierno cordial con el mundo, pero que responda, ante todo, a su gente y a sus recursos. Solo así habrá, por fin, un país más libre.